El Monumental, la última cancha de Dios
Había algo en el aire de Núñez que ninguna crónica podía anticipar del todo. Más de 85.000 personas convirtieron el Estadio Monumental en un mar de camisetas celestes y blancas, en una marea de gratitud, llanto y amor colectivo que muy raramente un solo ser humano consigue convocar. La noche del martes 6 de octubre de 2026 quedará grabada para siempre en la historia del fútbol argentino y mundial: Lionel Messi disputó su último partido con la Selección Argentina.
El rival fue Benín, una selección africana que llegó sin presión y sin nombre propio en esa jornada, porque la jornada tenía un único protagonista. Argentina ganó 3 a 0, con comodidad y poesía, pero el resultado fue apenas el marco de algo mucho más grande que un partido de fútbol.
La noche: minuto a minuto de la historia
El partido comenzó con los nervios propios de quien sabe que está presenciando algo irrepetible. A los 10 minutos, por disposición de los organizadores y del propio Scaloni, el juego se detuvo. El Monumental entero se puso de pie en una ovación sostenida durante casi dos minutos que hizo temblar las tribunas. Messi, con los ojos brillantes, miró a las cuatro tribunas y respondió con aplausos al cielo.
En el campo, el equipo de Scaloni fue fiel a su identidad: sólido, dinámico y creativamente conectado con el capitán. El primer tiempo cerró 0 a 0, con una Benín ordenada y un arquero Dandjinou que le negó el gol a Messi en dos oportunidades claras.
La apertura del marcador llegó a los 48 minutos, en el inicio del segundo tiempo. Un córner ejecutado por Messi —con su habitual sutileza para encontrar el peligro— terminó en los pies de Nicolás Otamendi, quien también se despedía, y el defensor remató de derecha para hacer el 1 a 0 ante el delirio del estadio.
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A los 61 minutos, una nueva asistencia del capitán, esta vez con un pase preciso hacia Nico Paz, permitió al mediocampista del Real Madrid definir de zurda y convertir el 2 a 0. La figura de la noche era Messi siendo Messi: repartiendo, habilitando, conduciendo, liderando.
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El 3 a 0 llegó a los 71 minutos, y fue suyo. La falta sobre Agustín Giay generó el penal. Messi tomó la pelota, la colocó en el punto del penal y ejecutó con la seguridad de quien sabe que esa pelota entrará. Cuando la red se movió por última vez con su sello, el Monumental estalló en un llanto colectivo que no discriminó edades ni géneros. Era el gol número 126 en el partido número 208 con la camiseta albiceleste.
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El adiós de una familia albiceleste
La jornada empezó incluso antes del pitazo inicial, cuando Messi ingresó al campo de la mano de sus tres hijos: Thiago, Mateo y Ciro. El gesto —simple, íntimo, poderoso— dijo en segundos todo lo que las palabras tardarían horas en explicar. Desde uno de los palcos, Antonela Roccuzzo y Celia Cuccittini, madre del capitán, observaron cada momento con los ojos húmedos.
Las palabras que harán historia
Cuando el pitazo final liberó la emoción contenida, Messi tomó el micrófono en el centro del Monumental. Rodeado de su familia, con la voz entrecortada, habló al corazón de Argentina entera:
"Es difícil decir algo hoy. Hay muchas emociones, se me cruzan muchas cosas. Obviamente lo primero que pienso es en mi viejo. No me queda más que agradecer... fue un orgullo muy grande para mí defender esta camiseta durante más de 20 años."
"Hasta en los peores momentos, nunca dejé de luchar y dar el máximo. No venir más va a ser un dolor muy grande. Les juro que me gustaría venir toda la vida porque jugar en la Selección Argentina es lo más lindo que te puede pasar."
Y antes de retirarse, una advertencia y un abrazo al futuro: "Se van a venir momentos difíciles, porque no es fácil todo lo que conseguimos. Ahí es cuando hay que mantenerse unidos más que nunca."
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La fiesta del cielo: drones, Soledad y el "Capitán Eterno"
El epílogo fue tan épico como el partido. Una formación de cientos de drones iluminó el cielo de Núñez con imágenes que resumieron dos décadas de gloria: la Copa del Mundo, el Obelisco, su número 10, la familia, los amigos, los títulos. Y en letras que atravesaron la noche porteña se leyó, grande y claro, el mensaje definitivo: "Capitán Eterno".
Soledad Pastorutti —"La Sole"— tomó el micrófono y cantó "Brindis", la canción que tantas veces acompañó los festejos albicelestes. Fue el broche de un espectáculo que desbordó lo deportivo para convertirse en un ritual de amor popular, en el cierre más digno que Argentina pudo ofrecer al hombre que la hizo campeona del mundo.
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La Selección Argentina seguirá. Nuevos jugadores, nuevos partidos, nuevas alegrías y nuevas decepciones. Pero el número 10 que llegó siendo un nene de Rosario y se fue siendo el mejor de todos los tiempos dejó una marca en la camiseta albiceleste que no se va a borrar jamás.
