Un fenómeno que crece al ritmo de la crisis del empleo formal
El trabajo independiente y no registrado se consolidó como una de las principales válvulas de escape del mercado laboral argentino. Según un informe difundido en las últimas horas, este sector es el que más crece en el país, impulsado por la caída del empleo asalariado formal y la necesidad de miles de personas de generar ingresos por fuera de la relación de dependencia.
La categoría abarca a monotributistas, trabajadores autónomos y, en una porción significativa, a quienes realizan tareas sin ningún tipo de registro laboral. La característica común es la ausencia de un jefe y de aportes previsionales, lo que si bien otorga flexibilidad, también deja a este universo sin cobertura social ni jubilación.
¿A qué se dedican?
De acuerdo a los datos relevados, las actividades que concentran la mayor cantidad de trabajadores por cuenta propia incluyen:
- Servicios personales y domésticos: limpieza, cuidado de niños y adultos mayores, peluquería a domicilio.
- Comercio y ventas: ferias, venta ambulante, comercialización de productos por redes sociales.
- Construcción y oficios: albañilería, plomería, electricidad, pintura.
- Transporte y delivery: reparto de comida y paquetería, remises y viajes.
- Servicios profesionales independientes: diseño, programación, consultoría, docencia particular.
Muchas de estas tareas se realizan de manera informal, sin facturación ni aportes, mientras que otras se canalizan a través del monotributo, aunque en muchos casos con ingresos que apenas superan la línea de subsistencia.
¿Cuánto ganan?
Los ingresos de este sector son heterogéneos y dependen del rubro, la zona y la cantidad de horas trabajadas. En promedio, un trabajador independiente no registrado obtiene ingresos mensuales que rondan entre el salario mínimo vital y móvil y el doble de ese monto, aunque con una alta dispersión.
Los oficios mejor posicionados, como electricistas o plomeros, pueden facturar sumas superiores a la media, especialmente si logran una cartera de clientes estable. En contraste, los trabajos de limpieza o reparto de comida suelen ubicarse en la parte baja de la escala, con jornadas extensas y remuneraciones magras.
La falta de aportes jubilatorios y de obra social es una constante que preocupa a los especialistas, ya que este grupo queda expuesto a cualquier emergencia de salud o a la imposibilidad de acceder a una jubilación digna en el futuro.
La informalidad como refugio
El crecimiento de este segmento se explica, en gran medida, por la destrucción de puestos de trabajo formales en sectores como la industria y la construcción. Ante la falta de oportunidades, muchos trabajadores optan por autoemplearse, aunque sea en condiciones precarias.
Se supo que la tendencia se profundizó en los últimos años y que afecta especialmente a jóvenes y a mayores de 45 años que quedaron fuera del mercado asalariado. La ausencia de un jefe y la posibilidad de manejar los horarios aparecen como los principales atractivos, aun cuando los ingresos sean inferiores y la estabilidad, nula.
Un desafío para las políticas públicas
El fenómeno plantea un desafío para el diseño de políticas laborales y sociales. La informalidad creciente no solo impacta en la recaudación, sino que también profundiza la desigualdad y la vulnerabilidad de un amplio sector de la población.
Mientras tanto, los trabajadores por cuenta propia siguen adelante, muchos de ellos sin registro, sin jefe y con la esperanza de que el esfuerzo diario alcance para llegar a fin de mes.
